Bella Baxter (Emma Stone) empieza la película andando como una marioneta a la que todavía le están calibrando las articulaciones, y termina hablando de filosofía, economía y placer con una seguridad que incomoda a todos los hombres que se cruzan en su camino. Entre un punto y otro, "Pobres criaturas" construye una de las evoluciones de personaje más audaces del cine reciente: literalmente, un cerebro de bebé aprendiendo el mundo dentro del cuerpo de una mujer adulta, resucitada por un cirujano tan brillante como monstruoso (Willem Dafoe, magnífico bajo capas de cicatrices).

Lanthimos, fiel a su estilo, no suaviza nada: los objetivos ojo de pez deforman los interiores victorianos hasta convertirlos en decorados de pesadilla, el blanco y negro inicial estalla en un tecnicolor casi psicodélico en cuanto Bella sale de casa, y cada decisión visual está al servicio de una idea muy concreta, que es también el motor narrativo de todo el guion de Tony McNamara.

El deseo como territorio de aprendizaje, no de vergüenza

Lo que distingue a "Pobres criaturas" de otras fábulas sobre la emancipación femenina es que no trata el descubrimiento sexual de Bella como una caída ni como un peligro del que protegerla, sino como una parte más de su educación, con el mismo estatus que aprender a caminar o a discutir de política. La película se ríe, y mucho, de los hombres que intentan poseerla, controlarla o "salvarla" precisamente cuando ella deja de necesitarlos para nada de eso.

Bella no aprende a comportarse como el mundo espera de ella. Aprende, poco a poco, a decidir qué parte de ese mundo le interesa conservar.

Emma Stone, sin red

Es difícil imaginar otra actriz sosteniendo un papel que exige pasar de los espasmos casi cómicos del primer tercio a una madurez intelectual y física plena sin que en ningún momento el personaje deje de sentirse como la misma persona. Stone construye esa progresión con un control físico extraordinario, y consigue que la comedia y el drama convivan en la misma escena sin que uno le reste peso al otro.

Un cuento victoriano con la moral cambiada de sitio

"Pobres criaturas" podría haberse quedado en ejercicio de estilo, todo excentricidad visual y ningún fondo. No es el caso: bajo el barroquismo hay una tesis clara y bien defendida sobre la autonomía, el cuerpo y quién tiene derecho a decidir sobre ambos. Es una película que provoca, divierte y a ratos incomoda a partes iguales, y que sale de la sala habiendo dicho exactamente lo que quería decir.