Hay un muro en "La zona de interés", y es el elemento más importante de toda la película aunque apenas ocupe un tercio del encuadre. A un lado, un jardín cuidado con obsesión, una piscina, niños que juegan, una madre que presume de sus rosales ante las visitas. Al otro lado, Auschwitz. Jonathan Glazer no cruza jamás esa línea, y esa decisión de puesta en escena es, a estas alturas, casi un manifiesto sobre cómo se puede filmar el horror sin filmarlo directamente.
La película sigue la vida doméstica de Rudolf Höss (Christian Friedel), comandante del campo, y de su esposa Hedwig (Sandra Hüller), que ha convertido la casa familiar pegada al muro en su pequeño paraíso particular. Se habla de ascensos, de vacaciones, de qué hacer con la ropa y las joyas que llegan "de dentro". Nunca se dice explícitamente qué es "dentro". No hace falta.
El sonido como segunda película
Si la imagen de "La zona de interés" es casi doméstica, casi banal, el diseño de sonido de Johnnie Burn es donde ocurre la verdadera película: un zumbido industrial constante, gritos lejanos, el disparo aislado, el rugido de los hornos que nunca se apaga del todo. Es un trabajo que debería estudiarse en las escuelas de cine no como acompañamiento, sino como narrador principal. La banda sonora no ilustra el horror: es el horror, colándose por las ventanas de una casa que finge no escucharlo.
La cámara se queda siempre del lado del jardín. Es el espectador quien tiene que decidir qué hacer con lo que oye al otro lado.
La banalidad como forma, no como tema
Se ha hablado mucho de Hannah Arendt y "la banalidad del mal" a propósito de esta película, y con razón: Höss discute el diseño de un nuevo crematorio con la misma inflexión de voz con la que hablaría de un problema de fontanería. Pero lo interesante no es que la película "hable" de la banalidad del mal, sino que está construida formalmente para que la sintamos como espectadores: la vemos con las cámaras fijas y frías de un reality doméstico, casi de vigilancia, que despoja a los personajes de cualquier dramatismo de cine clásico. No hay música que nos indique cuándo sentir horror. Tenemos que decidirlo nosotros, escena a escena, y eso es infinitamente más perturbador que cualquier reconstrucción explícita.
Una advertencia, no una recreación
Lo que hace grande a "La zona de interés" no es que reconstruya el Holocausto, sino que reconstruye el mecanismo por el cual las personas normales conviven con el horror sin verlo: mirando para otro lado, cuidando el jardín, quejándose de que las vacaciones se han acortado. Glazer no está haciendo una película sobre 1943. Está haciendo una película sobre la capacidad humana de normalizar lo insoportable, y esa es la razón por la que, al salir de la sala, cuesta sacudirse la sensación de que el muro sigue estando ahí, en algún sitio, hoy.